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TURCÓN - Ecologistas en acción

Ecologistas de salón

Ecologistas de salón

LOS españoles están muy preocupados por el medio ambiente, creen masivamente que los problemas medioambientales son importantes y piensan que en el plazo de veinte años la situación del planeta Tierra habrá empeorado bastante..., pero la mitad no ha oído ni leído nada sobre el Protocolo de Kioto, según la macroencuesta realizada por encargo de la Fundación BBVA bajo el epígrafe Conciencia y conducta medioambiental en España.

28-7-06 JOSé AGUILAR .- DIARIOS DEL GRUPO JOLY ANDALCIA

Epígrafe acertadísimo, por cierto, porque una cosa es la conciencia medioambiental, que parece aumentar entre nosotros, y otra bien distinta la conducta medioambiental que como colectivo nos distingue, cercana al desastre: todavía tienen que pedirnos en las campañas del Ministerio que no quememos los pastos, que no arrojemos las botellas al monte o que no dejemos los grifos abiertos y las luces encendidas en plan derroche. Con eso está dicho todo.

Lo más llamativo del sondeo es, en efecto, el contraste entre la teoría y la práctica. Las respuestas mayoritarias acerca de la problemática del medio ambiente son las típicas del encuestado embustero que quiere quedar bien con el encuestador y mostrarse políticamente correcto a toda costa. Todos estamos, así, muy preocupados, casi no dormimos temiendo por el equilibrio ecológico del mundo, suspirando por el desarrollo sostenible y acogotados por pesadillas sobre la extinción de especies valiosas y la maltrecha capa de ozono.

Ahora bien, si nos preguntan hasta qué punto estaríamos dispuestos a pagar precios más altos para preservar el medio ambiente –comprando, por ejemplo, productos ecológicos– o abonar impuestos más elevados con el mismo fin, amigo mío, entonces canta la gallina. Fruncimos el ceño y nos sinceramos: decididamente en contra. Profesamos la fe del ecologismo, cuando no la moda, pero se trata de un ecologismo de salón, para hablarlo y no para hacerlo, un ecologismo teórico que se frena justo ante el bolsillo donde guardamos la cartera, aunque eso no es incompatible con que exijamos al Estado que financie lo que haga falta (¡como si el Estado fuera una fábrica de billetes!).

Todos somos ecologistas, sí, mientras no tengamos que soltar la pasta que sustente una política ecologista. Todos nos apiadamos de los negritos de los cayucos, pero no sé si aceptaríamos que nuestros gobernantes aumentaran notablemente el porcentaje del PIB destinado a ayudar a los países africanos de los que huyen esos náufragos. Acaba de fracasar la negociación del comercio mundial, cuya liberalización tanto beneficiaría a los pobres, porque Estados Unidos se niega a retirar las subvenciones a sus agricultores y Europa –nosotros– se niega a abolir los aranceles a la importación.

Por la misma razón: no es igual predicar el ecologismo que dar trigo con nuestra conducta y nuestro dinero.

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