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TURCÓN - Ecologistas en acción

Granadilla, puerto o símbolo

Granadilla, puerto o símbolo Carlos E. Rodríguez

Granadilla no es el proyecto de un puerto en la costa de este municipio sureño de Tenerife. Granadilla es un símbolo y el desafío de que alguna vez se establezca una frontera entre el desarrollo necesario y la especulación ilegítima, entre el crecimiento económico y el enriquecimiento indebido de unos pocos. Es el símbolo de una manera de hacer las cosas, que empezó desde que un grupo no de empresarios, sino de desocupados y hombres de negocios en dificultades, con maneras de caciques criollos, secuestró ATI y con ese instrumento, pervertido respecto a su idea original, secuestró mediante la traición el poder político de las islas, y desde el poder político secuestró el nacionalismo y lo puso al servicio de sus bolsillos particulares.

Como se ha conocido, la Comisión Europea desconfía, por decirlo suavemente, del impacto medioambiental del puerto de Granadilla, o por lo menos, del oscuro laberinto de los informes técnicos al respecto. Como los informes regulares son negativos, se ocultan y se pagan otros de encargo a terceros de desconfiar. El Gobierno del Estado sabe más de lo que aparenta saber, pero no da el paso decisivo del rechazo abierto para no estropear las expectativas de cambio de coalición de gobierno en Canarias, del mismo modo que Álvarez Cascos aceptó carros, carretas y endeudamientos presupuestarios, para facilitar que se formase la actual coalición regional de gobierno.

Periodistas independientes han publicado asombrosas y estremecedoras requisitorias sobre los presuntos chanchullos, de personas y autoridades concretas, en torno al entramado del puerto de Granadilla, la innecesaria segunda pista del aeropuerto Tenerife Sur y los terrenos circundantes. Pero nadie contesta, ni nadie pide una investigación parlamentaria a fondo que dejase en mal lugar a los denunciantes, o por el contrario abriese el camino a la fiscalía. A los periodistas que se ponen pesados se les castiga donde más duele. De hecho, ya uno de ellos fue despedido por el grave pecado laboral de información veraz, su empresa fue condenada en los Tribunales y sin embargo, este testimonio judicial de un grave atentado al artículo 20 de la Constitución pasa con mucha pena de silencio y ninguna gloria.

¿Es necesario el puerto de Granadilla? Hasta ahora no se ha conocido un solo dato serio que avale su necesidad, fuera de grandilocuentes pronunciamientos con gran lujo de publicidad y medios. ¿Sería útil y rentable el puerto de Granadilla? Quizá, pero eso depende de una estrategia general de la actividad portuaria de Tenerife y del archipiélago que brilla por su ausencia, o al menos no ha llegado al conocimiento del común de los mortales. ¿Afectaría el puerto de Granadilla, incluso con esos 300 metros menos de dique que pide el PSOE para salvar la cara, a importantes ecosistemas del medio ambiente de Tenerife? Sin la menor duda, y esa afectación debe ocupar un espacio y no irrelevante en la balanza de la decisión.

Pero, con ser importantes las preguntas, y llamativa la ausencia de respuestas, lo más importante es el método, las formas, que van desde la propaganda masiva –¿pagada con qué dineros?– a la ausencia de información y el insulto a los discrepantes. Por eso el proyecto del puerto de Granadilla es el símbolo de una manera de hacer las cosas que nada tiene que ver con derechas o izquierdas, sino con algo esencial, que es la decencia o la indecencia política. En la indecencia pueden estar políticos de todos los partidos, y en la decencia también. Pero hay reglas de oro, como que no es lícito simultanear las responsabilidades políticas con los negocios privados, y que la utilización de testaferros, comisionistas y personas interpuestas quizá sirva para eludir la responsabilidad jurídica, pero agrava la indecencia del comportamiento.

Si el pueblo de Tenerife no toma decisiones que nadie –y menos que nadie, el lejano poder central– tomará en su nombre, y recupera la decencia política para el gobierno de la Isla, seguirá, a beneficio de muy pocos, la destrucción medioambiental del que todavía podría ser uno de los más bellos lugares del Atlántico. No se trata de que se construya o no el puerto de Granadilla. Se trata de que se construya sólo si está claro que responde a una necesidad, favorece un crecimiento económico equilibrado, compensa las afectaciones medioambientales y entre los bolsillos que engorde, no estén los de quienes toman las decisiones políticas.

El actual gobierno regional y algunos de sus máximos dirigentes se juegan poca imagen en el envite, porque no les queda mucha imagen que salvaguardar, sustentados como se encuentran en el engaño, las traiciones, el clientelismo, el nepotismo y el miedo. Se juega, mucho más, la imagen de Tenerife y en cierto modo, del archipiélago. Cada vez más tinerfeños saben que el silencio de hoy ni siquiera es pan para mañana, porque se lo quedan todo los que llevan lustros expoliando la Isla. Deben atreverse a decirlo, y apoyar a los que han alzado las banderas de la rebelión y la decencia. Granadilla es un símbolo, vaya que sí.

José Blanco ha dado el “nihil obstant” de la dirección central para que el PSOE de Canarias, si lo considera oportuno, sustituya al PP en la coalición regional de gobierno. El ministro López Aguilar hizo una advertencia, en la que los socialistas canarios se juegan su imagen pública. Dice que el actual gobierno regional no está inspirado por un modelo de sociedad ni un proyecto de país, sino por los negocios. Es inexacto. No es por los negocios, sino por la irregularidad en los negocios. Lo que significa que los socialistas canarios sólo debieran formar coalición con CC sobre un pacto de modelo de sociedad, proyecto de país y exclusión de las prácticas corruptas. Por ejemplo, sobre el compromiso de freno y marcha atrás en el actual enredo del puerto de Granadilla. De otra manera, perderían credibilidad.

La “omertᔠexige, para cruzar el umbral, mancharse previamente las manos de corrupción. Así que el PSOE de Canarias se encuentra ante un dilema sin términos medios. Puede y seguramente debe entrar en el gobierno del archipiélago para frenar la degradación democrática e iniciar la regeneración, pero si no hace esa finalidad expresa y transparente –lo que exige acuerdos públicos explícitos y vetos personales– se pensará y dirá que sólo ha hecho desplazar a otros para sentarse a la mesa del festín. ¿Cabe acaso, para Tenerife, la esperanza de que, como escribió Bécquer en sus Pensamientos, aún siendo larga la noche “ya las lágrimas, semejantes a gotas de rocío, anuncien la llegada del día entre las tinieblas del espíritu”?

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