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TURCÓN - Ecologistas en acción

EE UU asume que habrá miles de muertos. Nueva Orleans apesta a muerte

EE UU asume que habrá miles de muertos. Nueva Orleans apesta a muerte El País, 5-9-2005

El Gobierno de EE UU solicitó ayer oficialmente a la Unión Europea y a la OTAN que envíen ayuda de emergencia para hacer frente a la tragedia causada por el huracán Katrina. Desde unidades potabilizadoras a comidas preparadas, pasando por tiendas de campaña o sillas de ruedas, la lista fue elevada desde Bruselas a los distintos Gobiernos para que comuniquen cuanto antes en qué medida podían responder a las peticiones planteadas. Las proporciones de la tragedia vivida en el golfo de México sólo empiezan a intuirse ahora. Michael Leavitt, responsable de Sanidad y Servicios Humanos del Gobierno estadounidense, dio por hecho ayer en televisión que habrá millares de muertos.

La solicitud de ayuda a la UE se hizo a través de su oficina de representación en Washington, donde la Agencia Federal de Gestión de Emergencia hizo saber que necesitaba 500.000 comidas preparadas, 50.000 botiquines de urgencia, 50.000 mantas, 50.000 toldos impermeables, 25.000 tiendas de campaña y 100 camiones potabilizadores de agua. A la lista presentada a la OTAN, con elementos semejantes, se añadían sillas de ruedas y generadores eléctricos.

La lista fue remitida a los Estados para que comuniquen a Bruselas cuanto antes qué pueden ofrecer de lo pedido. Con las veinticinco respuestas esperadas se elaborará una conjunta para ser remitida a la presidencia británica de la Unión, que actúa como coordinadora política de la operación de socorro comunitario, mientras desde Bruselas se coordina la ayuda interna. Londres elevará a Washington la propuesta europea. "La respuesta y envío de la Unión pueden ser rápidos, dependerá de lo que tarde EE UU en reaccionar a nuestra oferta", señaló la portavoz, Barbara Helfferich. El Gobierno sueco ofreció ayer un avión para el trasporte de la ayuda comunitaria. En la OTAN se siguió un procedimiento análogo de comunicación a los aliados y acopio de material.

La situación en los tres Estados afectados por el huracán es desoladora y el Gobierno da por hecho que habrá miles de muertos como consecuencia de las inundaciones. "Creo que es evidente que serán miles", dijo Michael Leavitt, responsable de Sanidad y Servicios Humanos del Ejecutivo a la CNN, advirtiendo de que es demasiado pronto como para dar cifras concretas. Las autoridades de Luisiana habían identificado anoche a 59 cadáveres, pero subrayaron que la cifra de fallecidos será muy superior.

Casa por casa

"Creo que tenemos que preparar al país para lo que va a suceder", dijo por su parte Michael Chertoff, responsable de Seguridad Nacional y uno de los miembros del Gabinete que ayer estuvo en la zona. Chertoff prefirió no especular con cifras, pero su reflexión no dejó espacio para las dudas: "Lo que va a suceder cuando se retire el agua de Nueva Orleans es que vamos a descubrir a la gente que murió, quizá metida en sus casas o arrastrada por la corriente; vamos a encontrar a gente por las calles. Va a ser una escena tan horrible como cualquiera puede imaginar". El rescate de las víctimas será una tarea lenta y difícil, de días o de semanas, anticipó: "Vamos a ir casa por casa; no lo vamos a resolver de la noche a la mañana".

Chertofflanzó un aviso a los ciudadanos que se niegan a ser evacuados: no se les va a dejar opción. "No vamos a poder dejar que haya gente en sus casas que piense que vamos a darles agua y comida durante semanas o meses mientras sacamos el agua y limpiamos la ciudad". Por si no estuviera clara la perspectiva de que la ciudad no será habitable durante varios meses, Chertoff añadió: "Básicamente, lo que vamos a hacer es trasladar Nueva Orleans a otras partes del país; tenemos que albergar a la gente en refugios, alimentarles, educar a sus hijos, proporcionarles alojamiento para un plazo medio de tiempo y, además, tenemos que darles esperanza".

La situación en Nueva Orleans -más soldados, menos refugiados- era ayer relativamente mejor que en días pasados. La llegada de las tropas de combate y el incremento de la Guardia Nacional -en total, el despliegue llega a 40.000 soldados- permitió a Chertoff afirmar: "No hay ninguna duda de que la ciudad es ya segura. Tenemos ya el personal adecuado como para garantizar el éxito del esfuerzo de evacuación". No obstante, un confuso tiroteo por la noche puso en duda que la situación esté realmente bajo control. Al menos cuatro personas murieron y otra resultó herida, aparentemente en un intercambio de disparos con la policía en un puente de la ciudad.El esfuerzo de evacuación es un gisgantesco puente aéreo organizado por decenas de aviones de transporte militar y civil y de helicópteros que en las últimas 48 horas logró sacar de la ciudad a casi 20.000 personas que no habían conseguido salir y que seguirá funcionando hasta vaciar Nueva Orleans. Lo que el secretario de Transportes, Norman Mineta, ha llamado "la mayor operación aérea de emergencia de la historia de EE UU" tiene su base en el aeropuerto Louis Armstrong, a 24 kilómetros del centro de Nueva Orleans, a donde llegaban los refugiados en helicóptero. Desde allí salían en avión a distintas partes del país. Los equipos médicos del aeropuerto atienden a los exahustos ciudadanos que llegan después de varios días atrapados en sus casas o alojados en refugios.

Nueva Orleans apesta a muerte

El olor se hace insoportable mientras se avanza por el oscuro interior del Superdome. Apesta a orina, defecaciones y restos humanos pudriéndose. En una esquina, cubierto con una colcha de grandes flores, reposa el cadáver de alguien que no llegó a despertar de la pesadilla que supuso el día siguiente del Katrina. Montañas de basura, restos del naufragio, esparcidos por un estadio que era el orgullo de la ciudad. Hoy está arrasado. Vacío. Impregnado de un olor que puede que no se quite nunca.

Veinte mil personas compartieron durante cinco días la peste nauseabunda provocada por el hacinamiento y la desesperación por abandonar una ciudad que les estaba matando de hambre y sed. Cuenta un vagabundo que rebusca entre la basura con un pañuelo tapándole la boca que vio a más de una persona suicidarse. También dice que escuchó gritos de mujeres que fueron violadas en los baños. Otros murieron a tiros, asaltados por bandas que llenaron un vacío de poder que nadie ocupaba.

Nueva Orleans es hoy una ciudad militarizada en la que pronto sólo se podrá imponer el orden sobre los muertos. ¿Sobre cuántos? No se sabe. Se sabrá cuando desaparezca el agua y afloren los cadáveres. Quizá 10.000. Hombres engordados por el agua flotando boca abajo. Mujeres hinchadas pudriéndose de espaldas al sol. Casas sobre las que se marcó una cruz y el número de cuerpos que yacen dentro. Cuando baje el agua que ahora lo cubre todo habrá que tragar saliva y empezar a recuperar a los muertos.

Una semana después de que el nombre de Katrina cambiara el mapa de Luisiana, Nueva Orleans es una ciudad fantasma que apesta a muerte. Dentro del Superdome quedan colchones manchados, tal vez sacados de los lujosos hoteles de los alrededores para hacer más llevadera una semana en la que muchos rozaron la locura o fueron atrapados por ella. Prueba de ello son varias ancianas que esperan a las afueras del estadio. Están sentadas sobre sillas de ruedas, ladeadas, como si alguien las hubiera colocado mal y ellas ni siquiera tuvieran fuerza para corregir la postura. Todas llevan escrito un mensaje con bolígrafo azul en la espalda. "Mi nombre es Alice", se lee en una de esas camisetas, que en otro tiempo fue blanca y ahora está muy sucia. Puede que Alice supiera hace unos días quién era. Puede que estuviera acompañada de alguien que tuvo que dejarla atrás pero antes escribió su nombre. O puede que Alice simplemente ya tuviera el sentido perdido antes de que la angustia vivida en el Superdome se lo arrebatase. Pero ahí está, esperando a ser transportada hacia algún sitio.

Los últimos en abandonar el Superdome y el Centro de Convenciones se resistían ayer a subir a los autobuses. "No nos dicen adónde nos llevan", se revolvía indignado Jerome LaGarde. "¿Dónde nos van a abandonar ahora?", preguntaba a los guardias nacionales. "Parece que nos trasladan de un campo de concentración a otro", se desgañitaba intentando obtener alguna respuesta.

Armando Dorado, mexicano de Ciudad Juárez, dice que todo es culpa de Dios. "Nos castiga por rechazarle", exclama en tono apocalíptico. "Hay pruebas de castigos como éste en la historia del mundo", prosigue Ortega. "Es la cólera de Dios por ser pecadores". Algunos están de acuerdo con Ortega. Quizá porque ya están de acuerdo con casi todo. Pero Juliett Sherman no aguanta más. "Creo que sólo hay un culpable y que tiene un nombre: el presidente de Estados Unidos y su guerra en Irak". Sherman ha sido golpeada y asaltada, lleva días sin comer y ha bebido lo justo para no morir. Y no cree que todo eso dependa de Dios. "¿Dónde estaba el Ejército la semana pasada? Nosotros somos americanos, pero nadie nos trajo agua, nadie nos defiende, prefieren defender países extranjeros que a su propia gente".

Durante décadas, Nueva Orleans fue considerada como la Atlántida de América, la ciudad más vulnerable a la devastación que provocan los huracanes. Esa predicción es hoy una realidad. El huracán Katrina, nacido en las Bahamas el 23 de agosto y criado en las aguas calientes del golfo de México, se convirtió en un monstruo que corría a más de 280 kilómetros por hora. Cientos de miles de personas huyeron hace dos domingos para salvar su vida, a la orden de evacuación "obligatoria e inmediata" lanzada por el alcalde, Ray Nagin. Otros muchos siguieron la tradición de Luisiana: "Déjalo correr". Como pasan corriendo las tormentas. Katrina llegó a la bahía de Barataria hace una semana, el lunes 29 de agosto, a la hora del amanecer. Llevaba vientos de 220 kilómetros por hora y olas de más de 10 metros de altura. Barrios enteros quedaron cubiertos de agua. Los diques reventaron. Miles y miles de personas fueron rescatadas de los tejados de sus ahogadas casas. El precio de la tragedia se calcula en miles de millones de dólares. Pero para la mayoría, el coste no se mide en billetes. Han pagado con sus vidas. O con la pérdida de sus seres queridos, amigos, conocidos... Adiós a los hogares.

Sobre un paisaje que nada tiene que ver con la Nueva Orleans llena de ritmo de otros tiempos, por Canal Street avanzan lentamente tanquetas blindadas de las que salen tiradores de élite para pacificar la ciudad del jazz pistola en mano. Hace sólo unos días, la anarquía y el caos imponían su ley en estas calles. Hoy están tomadas por el Ejército de Estados Unidos. En un largo fin de semana de fiesta (hoy es el Día del Trabajo), las calles más turísticas de Nueva Orleans parecen sacadas de una película de la guerra fría. Como si una bomba de neutrones hubiera acabado con cualquier forma de vida. En una esquina hay un perro muerto. No fue el agua, fue el Ejército, que lo sacrificó de un disparo.
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