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Las macrocárceles, generadoras de violencia institucional. A pesar de su fracaso, sigue adelante el proyecto de construir la de Telde.

Las macrocárceles, generadoras de violencia institucional. A pesar de su fracaso, sigue adelante el proyecto de construir la de Telde. Gilberto Martel Rodríguez
Disenso, junio 2002, n. 37.

En 1991 fue aprobado por el Consejo de Ministros el Plan de Amortización y creación de Centro Penitenciarios (PACCP), que se basaba en el déficit de plazas carcelarias existente y en la “escasa rentabilidad de los centros” existentes. Según las previsiones de este plan, la población reclusa crecería año tras año hasta llegar a cerca de 42.000 internos/as en 1997. Preocupaba, además, que las plazas de funcionarios eran “excesivas” -más del doble de las consideradas aceptables- para la atención de los internos. Con centros mayores y con más modernos sistemas de vigilancia y control, las necesidades de personal se reducirían notablemente. Quizá el aspecto más llamativo del plan es que su fin primordial, aparte de ahorrar en personal, era “amortizar establecimientos que poseen un elevado valor patrimonial al estar ubicados en cascos urbanos”. Con la adecuada recalificación del suelo, posterior desaparición de los centros y nueva urbanización con otros usos, se esperaba obtener más de 60.000 millones de pesetas de aquella época, según cálculos del propio Ministerio de Justicia.

Surge así el concepto de las macroprisiones, con el objetivo de cerrar los establecimientos carcelarios existentes y, a la vez, aumentar de forma importante el número de plazas: 27.000 más en seis años.
Las macrocárceles se presentan como “pequeñas ciudades autosuficientes” de 100.000 metros cuadrados construidos sobre terrenos de unas 30 Ha, despejados y “en ningún caso dominados por colinas o accidente geográfico alguno en una distancia inferior a los 2.000 metros medidos desde el límite de la finca”. La capacidad que se plantea es de 1.008 reclusos con celdas individuales, aunque las primeras macrocárceles construidas duplicaron su capacidad, instalando literas, como recogía en la prensa del momento (1).

Los centros se querían construir conforme a un único modelo, con dos zonas, una residencial y otra para equipamientos. Los proyectos se plantean especialmente exhaustivos en todo lo relacionado con la seguridad, por lo que no es de extrañar que se consideren “prisiones de alta seguridad”, como señalaba el periódico El Mundo el 2 de septiembre de 1992.

ACTITUDES CRÍTICAS.

A partir de los primeros proyectos de ubicación de estas grandes cárceles surgen la contestación y el disenso desde diversos sectores. Sonado fue el caso de la macrocárcel de Zuera, en Aragón, que llevó a la constitución de la Coordinadora del Bajo Gallego, donde además de diversas instituciones y colectivos, se encontraban integradas siete localidades de la zona. Pedro Santiesteve, abogado y representantes de la Plataforma contra la Construcción de Macrocárceles, argumentaba que el Gobierno incumplía sistemáticamente la reglamentación penitenciaria: “...tratándose de un centro para preventivos, la distancia de los principales centros urbanos de la región [Huesca a 38 kilómetros y Zaragoza a 30, ambas con prisiones para preventivos que iban a ser cerradas] será un grave problema para los abogados de oficio que tengan que desplazarse hasta el centro...”, por otra parte, “el Gobierno central no tuvo en cuenta la ordenación del territorio y los estudios de impacto ambiental a la hora de elegir el emplazamiento”.

Las polémicas crecen y, de hecho, las macrocárceles son fuertemente contestadas por amplios sectores de profesionales y expertos en materia penitenciaria, nato a escala nacional como internacional, “por su gigantismo y falta de humanidad” (Europa Press, julio de 1992). Además, se puso en cuestión la falta de investigación a la hora de diseñar las nuevas prisiones, así como su homogeneidad, que “no distingue entre prisiones para mujeres, jóvenes o presos preventivos o dependiendo del lugar geográfico. Son proyectos basados en ideas de hace 40 años”.

Hasta tal punto se produce el rechazo a la macrocárcel que se organizan plataformas por las alternativas a la construcción de macrocárceles, las cuales abundan más en la crítica del modelo. A partir del documento de crítica y propuesta de alternativas a la construcción de una prisión de estas características en Navarra, se obtiene un análisis que pone en cuestión el coste económico y social de las macrocárceles, así como su fracaso: “gran parte de esos millones van dedicados a construir grandes muros, alambradas, torres de vigilancia, etcétera, reduciéndose considerablemente el gasto en funcionarios y personal laboral. Es decir, ya no importa la reeducación y reinserción social del preso, supuesta finalidad última de la cárcel. [...] La consecuencia lógica de todo esto a nadie se le escapa: la cárcel, la única fórmula que la sociedad oferta como respuesta al delito, no resocializa, no reeduca, sino todo, sino todo lo contrario. Y, por ello, no tiene sentido perpetuar y seguir fomentando un modelo fracasado, una institución que, lejos de eliminar lo que hace es crear mayor inseguridad y donde, además, se violan de un modo flagrante y constante, derechos fundamentales legalmente establecidos”.

Además, se cuestiona que estas cárceles sean realmente una solución al hacinamiento, debido al cierre del resto de las prisiones más pequeñas. El impacto ambiental es otro aspecto destacado: “Multitud de enormes muros, alambradas, torres de 70 metros, medidas de seguridad y alta tecnología; es decir, 100.000 metros cuadrados de hormigón y asfalto”.
Una de las estrategias para evitar el debate es la ocultación de información: respecto a esto, destacan las declaraciones que desde la Dirección General de Instituciones Penitenciarias se vierten a la prensa: “Preferimos que nadie se llame a engaño. Si se hace público el nombre de las zonas candidatas a acoger estas cárceles tendremos muestras de tensión en otras tantas localidades. Es mejor presentar el nombre definitivo para evitar disgustos añadidos”,

LAS ALTERNATIVAS

En febrero de 1995 se celebraron en Pamplona, organizadas por la Fundación Bartolomé de Carranza y la Asociación de Apoyo a Presos Salaketa, con la colaboración del Colegio de Abogados de Pamplona y la Caja de Ahorros de Navarra, las Jornadas Navarras sobre Alternativas a la Construcción de Macrocárceles. Estas jornadas supusieron una piedra de toque importante al PACCP, pues pues pusieron en cuestión las macroprisiones y suscitaron el diálogo sobre posibles alternativas a las mismas. Las posibilidades que se abren son amplísimas y requieren un cambio de enfoque radical en lo planteado hasta el momento, desde la reducción del número de reclusos/as sometidos a prisión provisional debido a la lentitud de la Administración de Justicia, hasta planteamientos más profundos y de raíz, como recoge en su manifiesto de propuestas la Plataforma por las Alternativas a la Construcción de Marcocárceles de Vitoria-Gasteiz.

Estas propuestas que, al contrario que la cárcel, son una garantía de protección ciudadana frente al delito, en muchos casos implican escasas o nulas modificaciones legales y siempre unos costos económicos infinitamente menores a los miles de millones destinados en la actualidad a mantener las cárceles (1,5 millones de pesetas por plaza) y a la construcción de otras nuevas. Las propuestas son las siguientes:

· Paralización inmediata de los planes de edificación de macrocárceles, por entenderse que no son necesarios más centros cerrados, sino el desarrollo de otros aspectos legislativos, penales y sociales, que permitan la institucionalización de nuevas respuestas sociales al delito.
· Asunción a corto plazo de las transferencias en materia penitenciaria por las Administraciones autonómicas con competencias estatutarias, con el fin de desarrollar mayores cuotas de autogobierno, en las siguientes condiciones mínimas contempladas por la ley: todas las personas recluidas han de cumplir las condenas en su lugares de origen; construcción de centros de régimen abierto, ubicados en las ciudades, alternativos a los actuales; limitación en el tiempo de periodo de estancia en prisión preventiva en espera de juicio, y creación de centros socio-educativos, con tutela judicial para el tratamiento de drogodependientes con problemas penales, y sustituvos de tratamientos extrapenales.
· Desarrollo a medio y largo plazo de formas alternativas desde un punto de vista social y penal a la pena de cárcel, experimentadas en otros países desarrollados, para lo cual habría de abrirse un profundo debate social y político sobre la despenalización, y un trabajo de investigación, experimentación y creación de nuevos marcos jurídicos e institucionales que permitan organizar formas de justicia alternativas a la justicia social: arbitraje, negociación, mediación, reconciliación, trabajo comunitario, servicios asistenciales, entre otros.

LA EXPERIENCIA CONFIRMA EL FRACASO

En octubre de 1998 se publica el informe La cárcel: descripción de una realidad, elaborado por Julián Ríos y Pedro José Cabrera. Este informe fue realizado a partir de un cuestionario a unos 2000 presos. En él se constata la realidad del fracaso de las macrocárceles. He aquí un extracto del mismo (2):

Las actuaciones del pasado más reciente que se ha traducido en la construcción de las llamadas macrocárceles no han hecho sino incrementar los obstáculos para la reinserción de las personas presas, tanto por su configuración arquitectónica como por su ubicación (en medio de auténticos páramos de complicada comunicación para familiares y defensores), así como por los mecanismos de control y seguridad que incorporan. Todo ello las convierte en mecanismos necesariamente violentes, tendentes a incrementar el grado de aislamiento y separación de la sociedad, y esto por varios motivos:
En primer lugar, se trata de un espacio absolutamente cerrado y controlado, en el que sobreviven hacinadas, sin apenas actividades que realizar, centenares de personas, generándose un elevado índice de conflictividad personal y social.
En segundo lugar, el nivel de conflictividad genera inexcusablemente violencia en una doble dirección: por un lado, entre los mismos presos y, por otro, entre los presos y los funcionarios, que forzosamente ven su relación marcada por la desconfianza y el recelo, cuando no por el desprecio mutuo. Con toda seguridad, el personal de tratamiento es insuficiente y está sobresaturado.

En tercer lugar, esta conflictividad en la relación preso/institución genera una espiral de violencia institucional en contra del preso, que le conduce a regímenes de vida que objetivamente le destruyen física y mentalmente.
En cuarto lugar, la violencia ambiental genera, a su vez, una conformación determinada de la percepción que el funcionario tiene del preso y viceversa. Los medios de control empleados con sistemática y rutinaria naturalidad, hacen que unos se conviertan en dominadores y otros en dominados, que unos repriman y sean por ello los represores, y otros los reprimidos. Este esquema dualizante va a llevar a determinados funcionarios, con una idea predeterminada, absolutamente deshumanizada, de la persona presa, a desarrollar actos de violencia arbitraria y a cometer importantes abusos de poder.

LA MACROCÁRCEL LLEGA A CANARIAS

En una primera instancia no se contemplaba en el PACCP la instalación de macrocárceles en el Archipiélago, pero la situación de hacinamiento de las prisiones existentes y, sobre todo, las enormes dificultades que se estaban encontrando en la Península llevaron a plantearlo. En Canarias el culebrón de las macrocárceles comienza en 1997, cuando el plan de 1991 estaba agotándose y se reconocía incluso institucionalmente su fracaso y el rechazo que suscitaba. Los últimos centros prototipo de 1008 plazas oficiales se planteaban ahora en Córdoba, Algeciras y Gran Canaria.
En Gran Canaria, en un primer momento, el debate no se centra para nada en una toma de conciencia de la situación de los presos y de puesta en crisis del modelo penitenciario. Los primeros argumentos en contra, tanto de vecinos como de ayuntamientos, se basaban en el rechazo a la población reclusa. Así, en los municipios de Santa Lucía, Telde e Ingenio se produjeron numerosas manifestaciones de repulsa, pero sin entrar a analizar el problema en profundidad. El primer protocolo de acuerdo para la macroprisión en Telde la situaba en el Lomo de Los Guirres, justo en el límite municipal con Ingenio, lo que propició un importante conflicto, en el que estuvieron implicados los vecinos de estos municipios y ambas corporaciones municipales. Llega un momento en que el debate se centra tan sólo en cómo alejar la macrocárcel de las poblaciones. En este momento se solicita la mediación del Cabildo Insular de Gran Canaria y, como podrán imaginar, la solución aportada en una isla como Gran Canaria sólo se podía dar en espacios rurales aislados, sin comunicaciones y probablemente bien conservados. Así, la macrocárcel termina siendo propuesta en el Campo de los Volcanes de Rosiana, área insular protegida, de gran valor natural, paisajístico y etnográfico, pero que al menos, estaba relativamente alejada, aislada y oculta por montañas.

A partir de entonces instante interviene de forma decidida el movimiento ecologista, que hasta ese momento se había mantenido casi al margen del problema de fondo. Se comienza a interactuar con otros sectores sociales, juveniles y vecinales y se empieza a crear un discurso nuevo que pone en tela de juicio el modelo penitenciario a aplicar en Canarias. Todo ello sin perder de vista la precaria situación de las cárceles existentes.
El proceso se caracterizó por el intento de la Administración, local sobre todo, de que no existiera debate social y de ocultar la información. Así, se producen casos, censura y clausura de stands del Colectivo Ecologista Turcón, amenazas a presidentes de asociaciones de vecinos que permitían reuniones en sus locales, introducción de infiltrados en las plataformas ciudadanas creadas, para reventar las reuniones, intentos de crear de confusión con información contradictoria y velada, etcétera. Un ejemplo curioso es una carta del concejal de Participación Ciudadana del Ayuntamiento de Telde a una asociación de vecinos, que requería información sobre la ubicación de la macroprisión. La carta tenía fecha de septiembre de 1997 y en ella se negaba cualquier solicitud o conocimiento de este tema en la corporación. Curiosamente, el borrador de protocolo de acuerdo con la Sociedad de Infraestructura y Acoplamiento Penitenciario (SIEP) tenía fecha de octubre de ese mismo año y fue firmado el 6 de noviembre de 1997.
El proceso continúa con un rechazo social cada vez mayor, que quedó reflejado en el gran número de alegaciones presentadas al Plan Insular de Ordenación del Territorio, que recogía la nueva ubicación de la macrocárcel en una de sus áreas insulares protegidas. Paralelamente, el caso de la macrocárcel comienza a convertirse en un arma arrojadiza entre instituciones, hasta que en marzo de 1999 el SIEP comienza a hacer prospecciones ilegales en el Campo de Volcanes de Rosiana, hecho que se denuncia inmediatamente y tiene una enorme repercusión en los medios de comunicación locales. En mayo de ese mismo año la Plataforma Antiprisión y el Colectivo Ecologista Turcón organizan las jornadas “Macrocárceles a debate”, donde participan diversos colectivos sociales relacionados o no con el mundo de la prisión. En estas jornadas se tocaron los diferentes aspectos de la macrocárcel: el territorial, el social y de reinserción, el legislativo y el estudio de las alternativas. La cercanía de las elecciones y la magnitud que había adquirido el problema, hizo que el tema fuera aparcado, aparentemente de forma definitiva, con el fin de evitar costes políticos.

Actualmente, vuelve a resurgir el proyecto de la última macrocárcel del Estado español en Canarias, sin que las Administraciones sean capaces de centrar el debate donde hace falta. Sirva, por último, para la reflexión, las declaraciones del abogado penalista Eduardo Millán, al desaparecido Diario de Las Palmas:

“Las macrocárceles han sido presentadas como la panacea a los problemas penitenciarios, están vendiéndose como lo más moderno de Europa. Sin embargo, estas expectativas son falsas. El ejemplo lo tenemos en la cárcel de Huelva, que responde a este prototipo, pero donde no hay ningún tipo de reclusos ni de actividades. La plantilla de funcionarios no cubre la que en principio estaba propuesta, con lo que existen continuos problemas. [...] Incluso hay presos que prefieren volver a prisiones más antiguas o estar en primer grado, antes que en segundo grado en los edificios carcelarios modernos” (3).

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(1) El diario El Mundo, de Madrid, en su edición del 27 de agosto de 1992, publicaba: “Justicia duplicó la capacidad de la cárcel de Navalcarnero (Madrid) al día siguiente de su inauguración oficial por el ministro de Justicia, Tomás de la Cuadra. El ministro presentó el pasado 26 de julio las nuevas instalaciones de Madrid IV, destacando como innovación el uso exclusivo individual de las celdas. Al día siguiente, funcionarios comenzaron a instalar literas en las habitaciones”.
(2) Publicado en el suplemento de Caritas, en octubre de 1998.
(3) Diario de Las Palmas, de 16 de febrero de 1999. El titular de la entrevista era el siguiente: “Instalar una macrocárcel en Canarias estaría abocado al fracaso”.

El Desarrollo sostenible: ¿nuestro destino?

El Desarrollo sostenible: ¿nuestro destino? Manuel Angel Santana Turégano
Doctor en Sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona
Profesor de Sociología del Desarrollo Regional, Universidad de La Laguna.

Desde hace más de dos mil años la capacidad para distinguir los relatos mitológicos más o menos fantásticos de las explicaciones basadas en la razón ha sido uno de los pilares sobre los que se ha construido la sociedad occidental. Sin embargo, no por ello los mitos han dejado de estar presentes en nuestra vida cotidiana. Uno de los ámbitos que aún
hoy están dominados por la presencia de mitos es el de la política. La historia está llena de utopías políticas. Y éstas se han entendido en el sentido de Tagore, que afirmaba que aunque no las podamos alcanzar, las utopías, al igual que las estrellas, nos permiten orientarnos en nuestro camino. La política de los últimos 100 años puede interpretarse como el
intento de convencer a los electores de que debemos optar por uno de los dos grandes mitos que se nos ofrecían como destinos a los que llegar.

Por un lado el socialismo, entendido en sentido marxista- leninista como la realización del paraíso en la tierra, que constituía el punto de llegada al que todas las sociedades debíamos dirigirnos. Por otro lado la sociedad democrática de mercado, entendida también como otra especie de paraíso en la tierra y destino final de nuestro viaje colectivo.
Hemos concebido la política como un viaje hacia un destino (mítico). Los mitos políticos de los últimos cien años compartían una base teoría común, la idea del desarrollo, que puede entenderse que ha sido en realidad el verdadero mito que ha guiado la política. En la actualidad, parece que hay un nuevo puerto hacia el que navegar, un nuevo mito: el
desarrollo sostenible. El desarrollo sostenible, tal y como nos lo presentan habitualmente los políticos, es un mito. Porque, al igual que los mitos anteriores, es visto como un puerto de llegada. Pasa como con muchas novelas y películas pasadas de moda que han perdido credibilidad. Porque terminaban en boda, como si la boda fuera el fin de la historia,
cuando todos sabemos que, antes al contrario, es solo el inicio. El desarrollo, por definición, no puede ser un puerto al que se llega, y tan sólo, si acaso, una manera de viajar. La situación en que se encuentra Irak en la actualidad es quizá un buen ejemplo de lo que pasa cuando entendemos la política como el viaje hacia un destino. Parte de la opinión pública occidental (al menos Bush, Blair y Aznar) pensaba que derrocar a Sadam Hussein era la meta. De manera dramática hemos
comprendido que la ocupación de Irak no era el fin del viaje sino tan sólo el inicio de lo que de momento está siendo una triste travesía por la guerra, la destrucción y la violencia.

Ahora que los mitos del paraíso en la tierra y de la democracia de mercado parecen haber perdido fuerza, los principales partidos se esfuerzan en ofrecernos un nuevo mito, el desarrollo sostenible. Se trata de un mito que surge a partir de una contradicción. Aquello de que ningún sistema de recursos limitados puede crecer de forma ilimitada
empieza a ser, para muchos, una percepción real y no tan sólo una sesuda idea teórica. Ante la percepción de que es difícil seguir desarrollándonos sin encontrar con un techo, el desarrollo sostenible, como por arte de magia, nos ofrece combinar dos términos aparentemente contradictorios.

En cualquier caso, no es mi intención aquí criticar la misma idea de desarrollo sostenible sino la manera en que ésta se nos presenta. Los partidos tradicionales siguen viendo a sus electores como potenciales consumidores: "si Ud. me da su voto yo le daré a cambio desarrollo sostenible. Mientras tanto, no hace falta que haga nada". Y no es algo exclusivo de los grandes partidos. Muchos pequeños partidos marginales tienen una visión de la política que es incluso más milenarista que la de los grandes partidos: "lo que hay que hacer es cambiar el sistema (o sacar del poder a los que siempre han estado) y sólo entonces será posible el desarrollo sostenible. Quizá tengan razón, pero, ¿y mientras tanto que hacemos?

En la situación actual deberíamos recuperar un mito griego que hasta ahora ha estado muy alejado de la manera en que se concibe la política: el mito de Ulises. Como decía Kavafis, si hemos de emprender el viaje hacia Ítaca hemos de pedir que el viaje sea largo. Porque lo único que Ítaca nos puede ofrecer es el viaje. Así, lo importante del desarrollo sostenible o de otros posibles puertos a los que queramos navegar juntos no es tanto el puerto en sí sino la manera en que viajamos. En Irak no tiene sentido el viaje hacia la sociedad democrática de mercado si la manera en que viajamos se basa en la ocupación militar, las torturas a presos y la represión a la población civil. En Cuba, para viajar al paraíso del proletariado se vulneran los derechos humanos. Hay partidos que proponen llegar a la democracia participativa y no son participativos en sus estructuras. Hay gobiernos que se plantean como meta alcanzar el desarrollo sostenible y para viajar a ese destino construyen cuantas más autopistas mejor (será para ir más rápido). Debemos desconfiar de la política de las grandes palabras y fiarnos más de la política de los pequeños gestos. Es algo que en realidad ya hacemos cuando elegimos un destino, por ejemplo para las vacaciones.

Lo importante no es tanto el destino al que se va sino la manera en que se viaja. No me hablen más acerca de si el desarrollo sostenible ha de ser nuestro destino. Cuéntenme cómo vamos a viajar hasta allí. Porque en el viaje hacia Ítaca, lo único que ésta me puede ofrecer es el viaje.

QUE ES LA AGENDA 21-LOCAL

QUE ES LA AGENDA 21-LOCAL Agenda 21 de Telde: una aplicación deformada

En el año 1992 se produjo uno de los encuentros más importantes de la historia de la humanidad, la Cumbre de La Tierra sobre Medio Ambiente y Desarrollo, más conocida como la Cumbre de Río. En esta Cumbre, no sin dificultades y con grandes dosis de conservadurismo, se tomaron grandes acuerdos y se firmaron declaraciones importantísimas para el futuro del planeta y de las generaciones venideras. Algunas de ellas, como la Convención sobre el Cambio Climático y el Convenio sobre Biodiversidad, han marcado gran parte de la política internacional de los últimos diez años y han conseguido calar hondo en la sensibilidad de la población mundial. Pero también, en la Cumbre de Río, se aprobó por unanimidad otro acuerdo que debía suponer un compromiso político al más alto nivel en favor de la sostenibilidad del planeta. Hablamos de la Agenda 21.

La Agenda 21 no se plantea simplemente como una marca más, sino como una filosofía y un programa de acción en el siglo XXI, con determinaciones y propuestas muy concretas, en las que se reconoce que la población es una de las principales fuerzas para conseguir el cambio ecológico en el planeta. Es más, cuando en la Agenda 21 se exhorta a los países para que adopten estrategias hacia la sostenibilidad, se hace especial hincapié en que este proceso ha de contar con la amplia participación de todos los sectores, incluidas las organizaciones no gubernamentales y el público en general. En esta Cumbre, las Naciones Unidas hicieron un llamamiento a todas las comunidades locales para que crearan su propia Agenda 21 traduciéndola en planes y acciones concretas hacia la sostenibilidad. Este proceso debería llevarse a cabo a través de un diálogo abierto con sus ciudadanos, organizaciones locales y empresas privadas, recibiendo aportaciones, promoviendo un consenso y obteniendo la información necesaria para formular las estrategias locales hacia una política económica y social más ecológica.

Agenda 21 de Telde: una aplicación deformada

Si hay algo que motiva de este proceso es el cambio de filosofía que se sugiere en la forma de gobernar. Propone, al fin y al cabo, que las autoridades locales, democráticamente elegidas, cuenten permanentemente con la participación ciudadana en la toma de decisiones. Esto supone, sin duda, una pequeña revolución para nuestros gobernantes ya que les demanda cambios importantes de estilo: menos paternalismo, más apertura, menos prepotencia y, lo que quizá más miedo les da, un poco de pérdida de protagonismo en favor de la sociedad. A cambio, se obtendría una mayor corresponsabilidad de los ciudadanos y, seguramente, grandes dosis de sentido común en la definición de prioridades y líneas de actuación de las políticas locales.

Pero la realidad es muy dura y, hoy en día, todo parece ser susceptible de ser corrompido a poco que caiga en las redes del poder. El colmo de la perversión, de lo que no debe significar la Agenda 21 Local, lo ha representado estos días el Ayuntamiento de Telde. Ha sacado a concurso público la implantación, en un año, de “una Agenda 21 Local” con su plan de acción ambiental y todo. Todo ello sin conformar un Foro ciudadano local que se vincule al proceso desde el principio y sin ni siquiera abrir un proceso que despierte el interés de la ciudadanía por el tema. Del pliego de prescripciones técnicas se entiende que este ayuntamiento ve la Agenda 21 como un documento que se tiene en un año, donde una empresa consultora dice lo que está bien y lo que está mal y lo que hay que hacer, donde se dice que hay un supuesto e inexistente Foro Telde 21 que lo ha decidido así. Una pena.

Lo más triste del tema es que el alcalde de esta corporación es la vez el presidente de la Federación Canaria de Municipios (FECAM), lo cual debería suponer una doble responsabilidad: hacia sus ciudadanos por hacer las cosas bien contando con ellos y hacia el resto de ayuntamientos que, se supone, deben tomar este proceso como referencia de buenas prácticas.

Es penoso ver como en Canarias donde, a pesar de que este debate empieza introducirse con 10 años de retraso y hay acumulada una experiencia internacional importante, el tema se trata de la peor manera posible: desde la prepotencia, el inmovilismo, la hipocresía y desde esa sutil capacidad, parece que innata, de nuestros gobernantes locales de convertir todo lo noble en basura, en un medio de propaganda más.

Pero nos negamos a perder la ilusión. Creemos que tenemos la autoridad moral suficiente como para exigir que se aprovechen las oportunidades de transformación de la sociedad que se nos brindan de la mejor manera posible. Pedimos a nuestros partidos políticos y autoridades que hagan las cosas bien y con buena letra, y que no se dejen llevar por el mal ejemplo del edil teldense. Que entren de una vez por todas en el siglo XXI, donde será más importante la gestión eficiente de los recursos que la inversión lapidaria, donde se impondrá la democracia participativa por encima de los caprichos e intereses de unos pocos, donde tenemos la obligación, y la necesidad, de tender hacia un equilibrio entre los seres humanos y la capacidad de sustento de nuestra tierra.